El hombre sub-humano

Grabado de William Blake, “Newton”, 1795-1805

El hombre social actual, el hombre capitalista perfecto y exitoso para las formas actuales de un vivir que pasa más por existir y por tener, que por el Ser, un hombre de una esencia incompleta, sub-humana.

Éste es el nuevo ser, con tan solo una porción de las características del humano natural, que solo conserva aquellas partes que ve necesarias para desarrollarse en una realidad eficientista, esencialmente acotada, dejando necesariamente de lado todo lo que no hace a la búsqueda directa el resultado inmediato, lo que no persigue ciega y neciamente la senda de la optimización de la Vida como recurso, dejando de lado, en su paso apresurado, todo aquello que lo hacía ser humano.

El hombre adaptado por la fuerza a la definición de hombre, el hombre limitado en su naturaleza, el hombre que ha dejado de ser humano y tan solo muestra pocas de sus características, las que le resultan de cierta utilidad material.

¡He aquí al hombre sub-humano!

El hombre fraccionario, obsesionado por la especialización.

Perdido en los laberintos de la categorización y extensiva clasificación.

El hombre incompleto, el hombre que sufre profunda, inconscientemente, por su absoluta incapacidad de posar una mirada totalizadora y orgánica sobre el mundo en el que vive y que le deja vivir.

El hombre que se ha perdido a sí mismo como parte orgánica del universo, el que ha puesto al universo a trabajar para él, el hombre perverso que ha encerrado a la vida misma en un papel auxiliar, de mera herramienta sustituible, en la persecución de sus propios fines individuales y materiales.

El hombre material, el hombre apolítico, el hombre asocial, el hombre que acepta ser esclavizado mientras espera su oportunidad para esclavizar.

El hombre que ha dejado de ser hombre.
El hombre que se ha desprendido de la vida.
El hombre que tan solo busca la perpetuación de su nombre y sus ideas, de sus posesiones materiales.
El hombre ciencia, el hombre religión.
El hombre máquina.
El hombre parásito.
El hombre virus mortal.
El hombre enfermedad, de la vida, de la tierra.
El hombre tumor.
El hombre cáncer.
El hombre capital.
El hombre involucionado.
El hombre sub-humano.

elale (αλιενάδος ανθρὠπος)

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El origen del héroe

Gustavo-en-vivo-cantando-Fuerza-Natural

Un mundo estalla y quiere desaparecer,
pero en la explosión de brillo multicolor,
un haz de luz cegadora y sonido estelar,
tienen nacimiento.

Vacío, abismo insondable,
gravedad infinita que amenaza
con llevarse universos enteros,
junto a él.

Tristeza profunda, y a su vez
grandiosa maravilla,
la esencia de un mundo,
en constante movimiento,
condenado sin remedio
al perpetuo devenir.

Inevitable final, vida,
parte finita del viaje eterno,
Inicia una forma renovada, del ser,
ya de una esencia incorruptible,
inmortal.

gustavo_cerati_fg

En memoria del genio del rock y pop argentino y del universo completo,
Gustavo Adrián Cerati (1 de agosto de 1959 – 4 de septiembre de 2014 )

 

Argentine singer Gustavo Cerati performs during a concert in Caracas

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Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina

eduardogaleano1

“¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención. Las clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a sí mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus clamores. El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas, bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de cosas es la perpetuación del crimen.”

Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”

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Vida y Muerte, identidad en los opuestos

William Blake, “El torbellino de los amantes”

Atropellado por la esencia efímera de la naturaleza nuestra, naturaleza humana, puesta hoy en claro y concreto manifiesto ante mis sentidos.
La muerte, el fin del hombre, fin de las cosas, fin también de la maraña de pensamientos a los que hemos convenido en llamar «el alma».

Aún cuando bien sé que reflexionar sobre lo efímero de la existencia del hombre en este mundo puede fácilmente congelar mis huesos hasta partirlos, paralizar completamente la maquinaria constitutiva de ideas a la que llamo alma, no he conseguido, por esta vez, anticipar la intervención, entre la maraña de pensamientos que hacen de mi existencia la de un individuo, de la siguiente pregunta:

¿no estaremos dando, acaso, demasiada importancia a este puñado de momentos que llamamos vida?

¿Habremos acaso exagerado crasamente la importancia de esto que somos, meros cuerpos reunidos en el vacío, en el devastador, infinito, abismo de la nada?

¿Estará siendo la existencia humana equivocadamente sobrevalorada por las ideas y pensamientos, de la que son producto natural y por tanto inevitable?

¿Existe acaso algún vestigio de sentido en el intento de arreglar los problemas que asolan la existencia, cuando todos, inevitablemente, caminamos hacia el mismo destino, la muerte, cuando nadie será capaz de verse liberado de su sombra?

¿De qué clase de problemas es que hablamos?

Acumulación material o intelectual, ¿para qué?
Liberación, ¿de qué?, ¿de quién?
Ciertamente no de la misma muerte, entonces ¿para qué?

Una, dos, trescientas, mil o un millón de generaciones por venir,
ninguna, ni siquiera una sola,
habrá de escapar de ver su fin.
El fin es inevitable,
pero no menos necesario.

La existencia misma es en sí su propio fin.
Vida es Muerte, la identidad en los opuestos.
Morimos, comenzamos a morir, desde el momento en que salimos del útero materno.
¿Para qué obligarnos a dar, entonces, tantas, incontables vueltas?

¿Para qué tratar de forzar a la vida a ser lo que no es,
es decir, eternidad?

¿Por qué, entonces, este inagotable esfuerzo de arrastrarnos a sufrir, por obligarnos a contemplar lo natural como si no fuera tal, cual si la muerte misma llegara por sorpresa, como si no anunciara ésta su llegada ya desde aquella primera vez que llenamos de aire nuestros pequeños y frágiles pulmones, desde aquel primer grito de existencia; como si no se anunciara, ésta, ya desde el primer llanto?

¿Por qué dejamos, entonces, a la fuerza de lo inevitable, hacer de nuestra existencia una constante tortura?

En cada comienzo veo un fin grabado a fuego.
Parte orgánica, necesaria, de todo lo que llega a ser.
Negar el fin será negar el comienzo,
Negar el fin, negar el mismo Ser.
Negar la muerte, por tanto, no es sino negar la misma vida.

Vivo, por lo tanto muero.

el ale (αλιενάδος ανθρὠπος)

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Filosofía, ¿para qué?

Ilustración de William Blake, “Jerusalem”

¿Por qué? y ¿Para qué?

Elijo la filosofía porque la considero absolutamente necesaria en esta vida moderna, oscurecida por la sombra de la eficiencia y el progreso tecnológico irresponsable, porque la considero absolutamente necesaria para replantear las preguntas fundamentales de la vida en sociedad, comenzando por la pregunta del ¿por qué?

¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué el mundo es como es?
Lo que, proyectado a la perspectiva del individuo se traduce a:
¿Por qué soy como soy?
¿Por qué somos como somos?
y, dado que el individuo «es» en tanto «hace»:
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
A cada día, a cada instante, en cada decisión,

¿por qué hacemos cada cosa que hacemos?

Aquí es donde llegamos a la segunda pregunta en gran manera significativa que viene a plantear la filosofía en su camino reivindicador de la humanidad, de la naturaleza, de la vida y la libertad:

¿Qué hay por detrás de cada una de las cosas que hacemos?

Estamos demasiado acostumbrados a observar, a considerar, tan solo el entorno inmediato de nuestras vidas: el trabajo que hacemos, la remuneración que recibimos, los productos que compramos en las tiendas o los supermercados. ¿Alguna vez nos preguntamos qué hay detrás de estas acciones inmediatas?

¿Qué clase de maquinaria se esconde por detrás de las cortinas de esa imagen agradable que proyectamos, y a la vez nos proyectan, delante de los ojos?
¿Cuál es la naturaleza de este gigantesco mecanismo de relojería que regula cada una de nuestras elecciones?

Estamos demasiado acostumbrados a considerar tan solo los efectos inmediatos, en tiempo y en espacio, de nuestras acciones cotidianas:
¿Es acaso pura magia lo que hace que un producto aparezca en las góndolas, o que un producto simplemente «aparezca en el mundo»? ¿Será que hay complejos procesos productivos, relaciones de trabajo y/o explotación, procesos perjudiciales, en cierta manera, para las personas, medio ambientes, y animal de toda especie, que se encuentran involucrados en este proceso?

¿Acaso al aceptar ser parte de la cadena de consumo no elijo apoyar toda esa industria «mágica», cuya naturaleza desconozco, y prefiero seguir desconociendo?
¿No hay acaso detrás de cada uno de esos productos que encontramos en las góndolas, una cuota de crueldad, de tortura, de trato inhumano y esclavitud para con otras especies, una cuota de envenenamiento de poblaciones y de aquellos que trabajan la tierra que nos da la vida?

Todas estas posibilidades que la modernidad nos ha llevado a dejar de considerar como tales, nos lleva a esas preguntas
¿Por qué?
¿Qué hay por detrás?
De lo que hacemos, de lo que elegimos, de lo que aceptamos…

Vivimos en la era del resultado, y sobre todo del resultado inmediato.
La filosofía viene a obstaculizar esta inhumana búsqueda.
Detrás de cada resultado inmediato hay un costo que nos han forzado a ignorar.

Venimos a recordar al mundo las preguntas que deberían preceder a cada decisión, aún a las más sutiles, a las aparentemente menos importantes, y sobre todo a estas últimas, porque son éstas las que llegan a tomarse de la manera más automática, sin pensar, sin reflexionar.

¿Y qué si luego nos damos cuenta de que estábamos equivocados?
¿Y qué si al darnos cuenta del error ya es demasiado tarde?

 

Lenguaje. Realidad o ficción.

También la filosofía busca poner en evidencia la esencia ficticia de todo aquello a lo que llamamos «la verdad».
¿No es acaso la verdad tan solo un subconjunto de las posibles expresiones que podemos construir utilizando algún lenguaje determinado? ¿no somos nosotros, los hombres, quienes hemos convenido llamar «verdad» a este subconjunto de expresiones? ¿y a todo lo demás no hemos, nosotros, los mismos hombres, decidido llamar mentira?

El mundo que conocemos es resultado de una articulación lingüística de una realidad que existe en sí misma.
La costumbre nos ha llevado a relacionarnos con el mundo tan solo a través de las palabras, el mecanicismo cotidiano, bajo cuya sombra nos someten a diario el hábito y la rutina, nos ha forzado a quedar estancados, atrapados, en ellas.

En la era de la eficiencia y la búsqueda del resultado comprobable, el mundo entero cobra sentido solamente a través del hombre, a través de sus deseos y sus intenciones. El mundo se ha convertido en un «medio para un fin particular», el mundo y también el hombre mismo, «el hombre como medio para el fin del hombre», el hombre, y el mundo, como simples herramientas, y absolutamente sustituibles.
Cada cosa en la naturaleza ha comenzado a cobrar sentido solo en la medida en que resulta de cierta utilidad a la consecución de tal o cual fin particular, lo que nos lleva a observar y a encontrar en el mundo tan solo «utilidades» o «funciones», el taxista ya no es un hombre que vive, siente y respira, con todos sus problemas personales y familiares, no, en el contexto de mi propia búsqueda de resultados no es más que un «Taxista». El comerciante no es persona, no es un ser humano, es tan solo el intermediario entre la industria y mi necesidad de consumo, me es una herramienta útil y como tal, da lo mismo sea quien sea el que cumpla con esa utilidad, siempre que la cumpla.

Todas estas «funcionalidades» del universo, se expresan en el lenguaje que utilizamos a diario, y si bien el universo, como tal, es decir, como realidad en sí, no es maleable a voluntad, pero el lenguaje sí que es susceptible a la manipulación, y cuando aparece una persona de esas que son habilidosas para las palabras, —palabras a través de las que comprendemos la realidad— esa persona, obedeciendo nada más que a su propio gusto, su propia voluntad, adquiere poderes casi mágicos, se transforma en un ser capaz de dar vuelta completamente la realidad ante nuestros ojos, que seguidamente solo serán capaces de observar esta nueva, «su realidad»; y aquí se cuentan a políticos, gobernantes, propagandistas, agentes publicitarios, periodistas, maestros, profesores, padres.

Para todo esto la filosofía, para frenar el avance arrollador de la carrera de la inmediatez, de la eficiencia ciega, del resultado beneficioso.
Para recordarnos las preguntas esenciales, ¿por qué? ¿para qué? ¿y que hay por detrás? ¿qué involucra cada una de mis decisiones? ¿cómo afectan al mundo, social y ambiental, las consecuencias inevitables de cada una de ellas?

El camino de la eficiencia pura, de la ciencia y el avance tecnológico es, en gran medida, potencialmente destructivo y deshumanizante, en esta tendencia ciega y automática a la que nos ha sometido la modernidad capitalista, la filosofía viene a revalorizar la vida y la libertad del individuo como ser humano y natural, como parte de un mundo natural que necesita de él para existir, pero el cual, a su vez, establece las condiciones para la existencia del primero.

Para romper con la carrera de la eficiencia.
Para recuperar la voz de la vida.
Para dejar a la flor florecer porque simplemente florece(1).

elale (αλἐξανδρος, αλιενάδος ανθρώπος)

(1) “Peregrino Querubínico”, Angelus Silesius
“la rosa es sin porqué
florece porque florece,
no tiene preocupación por si misma,
no desea ser vista”
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Verdad y Moderación

La escuela de Atenas

“La Escuela de Atenas”, Rafael Sanzio, 1510-1511

Observaciones de un recién llegado, océano de la sabiduría, apasionado, aunque inexperto, buceador en estas aguas, reflexión y conocimiento.

La Filosofía

La filosofía, o es subversiva, espléndida y llena de vida, o bien es tan solo relato, la historia muerta del pensamiento.

Ante la verdad, o su mera posibilidad de ser, el filósofo asume el rol de «dique», sostenido con la fuerza de sus ideas, y como tal se encuentra cargando sobre su espalda el infinito peso de una realidad que se muestra más allá de las formas convencionales.

En esta situación es que el comenzar a explorar los secretos de la realidad «contenida», implica necesariamente una ruptura consigo mismo, con la sensación de certeza misma de sus ideas, con la fuerza de la costumbre y la tradición; lanzarse a la aventura del conocimiento profundo de la realidad implica necesariamente, al filósofo, «abrir una grieta» en su propio cuerpo, por donde esta verdad multiforme —manifestada en las preguntas correctas sobre el universo— encontrará su camino al mundo.

La fuerza liberadora, la autentica espontaneidad, de un verdadero filósofo no concibe la moderación. Por lo que, si, en su intento por develar los secretos del universo, la naturaleza misma e inalcanzable de la verdad no acaba por destruirlo totalmente, es porque ha sucumbido ante el miedo, se ha inclinado a los pies de de la moral y la aceptabilidad, ante la sombra de la convención y los consensos; ha encontrado, en su propia supervivencia, el signo de su abrazo a la comodidad inherente a la aceptabilidad social; el inequívoco indicador de que, temeroso de su propia capacidad, ha emprendido la huida, de sí mismo, y en su escape hacia el abrigo de la seguridad, hacia el resguardo de la estabilidad, ha llegado a comerciar con la «verdad más conveniente» —su visión de la verdad y las preguntas existenciales—, por lo que ha terminado por convertirse en cómplice del orden social imperante.

En el universo del perpetuo devenir,
el camino de la grandeza,
la senda del cambio y la revolución,
no conoce moderación;

en un mundo de cambio constante,
el camino de la verdad es, necesariamente
el camino de la autodestrucción,
el desapego a toda forma convenida,
de abrigo, seguridad y estabilidad.

Porque solo en el desierto creador,
la nada maternal,
en la destrucción de lo que somos,
lo que creemos ser,
tendrá lugar la maravilla cósmica,
grandeza espiritual,
actitud liberadora
de la Vida y el Ser,
recuperación definitiva
de la naturaleza,de la esencia,
sentido profundo y duradero
de la existencia superficial.

elale (αλἐξανδρος, αλιενάδος ανθρώπος)

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Hombre, Libertad y Estado

Imagen tomada de internet, no de mi autoría.

El hombre no podrá prescindir del Estado, y sus regulaciones, en tanto no aprenda, y comprenda profundamente porqué la necesidad de tal aprendizaje, a valorar la Vida por encima del dinero, por encima de la búsqueda, desmedida y absolutamente irresponsable, de la mera satisfacción material.

El hombre actual es, en esencia, violento, de una forma de violencia que se mueve y existe dentro de los marcos establecidos de la aceptabilidad social; con lo que inevitablemente ha hecho de la violencia y el abuso su forma de vida. El hecho de que exista la ley, la norma —la razón misma de su existencia, la necesidad de establecer, y de manera explícita, un límite—, no es más que prueba de ello, y en esto se lee también, entre líneas, que incluso el hombre no es aún más violento de lo que ya es, tan solo porque la ley se lo prohíbe, porque la ley marca el límite del abuso que se permite ejercer al hombre sobre el hombre, al hombre sobre la sociedad, al hombre sobre la naturaleza, al hombre sobre el mundo en general.

El hombre parece no ser capaz de comprender, si no es a través de la ley, del castigo y la recompensa, porqué es que ser violento para con el mundo, termina necesariamente siendo contraproducente y prejudicial para él mismo. Si tan solo fuera capaz de observar el hecho, de sentirlo en sus entrañas y comprender la profundidad de su naturaleza, de manera espontánea, sin imposiciones, sin necesidad de premios ni reproches, tal vez, el Estado y su «verdad», forjada con la fuerza de la ley, podrían dar lugar a una forma de vida que sea verdaderamente libre, tal vez podrían estos factores condicionantes de la vida, estos límites arbitrarios impuestos, desaparecer y dar lugar a una verdadera Libertad. Y aquí no me refiero la «libertad», así con minúsculas, a esa palabra que para el hombre de hoy no es más que palabra, y que posee un claro, y claramente equívoco, significado y que no es otro que «la posibilidad de cometer abusos de manera descontrolada e irresponsable».

El Estado y la ley deben desaparecer para que la humanidad, la naturaleza intrínseca del hombre, se manifieste en todo su esplendor, pero lamentablemente el hombre de hoy no está preparado para asumir la responsabilidad que implica su transformación en un Ser Humano libre y completo.

Hoy no veo posible tal forma de libertad, pero no por eso debemos dejar de mirar a ese horizonte en donde su posibilidad asoma la cara, donde su luz nos conduce por el camino de la dignidad y del respeto a la vida.

elale (αλιενάδος ανθρώπος)

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Capitalismo, inseguridad y desigualdad

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“Imágenes de la Guerra”, Otto Dix.

Capitalismo implica, necesariamente, y tal vez entre otros, los siguientes conceptos condicionantes al desarrollo de la vida y la libertad: injusticia, desigualdad, obediencia, autoridad, jerarquía, sumisión, deslealtad, obligación y compromiso, adoctrinamiento, ignorancia, esclavitud rentada, privilegios, mercantilismo ciego —en el que prácticamente cualquier cosa imaginable es, en potencia, objeto de comercio, desde la mercancía propiamente dicha, hasta la libertad, el derecho, la tierra, el alimento, la posibilidad de acceder a una forma de vida digna, la dignidad y la vida mismas.

El hombre bien sabe que no todo alcanza para todos, creer lo contrario solo pondría en evidencia una clara falta de sensatez.

Algunos eligen, aun así, abierta y transparentemente abrazar una forma de vida capitalista, sin tratar de mostrar una imagen de cierta conciencia social, sin deseos o intenciones de igualdad —también sin preguntarse por qué es imposible tal igualdad, ni aún si esa igualdad pudiera, tal vez, resultar en algo mejor para él mismo y/o para la sociedad completa— simplemente aceptan las reglas «injustas» del juego y dicen «este es el juego, hay que jugar» —siempre que no sean ellos mismos los perjudicados por esa injusticia inmanente al susodicho juego— y, como decía, no intentan siquiera guardar una apariencia diferente de aquello que son, capitalistas, es decir, productores, y potenciales productos, del comercio.

Al menos son honestos, respecto de sus ideas e intenciones, al menos son coherentes, podría decirse.

Aún así, hay algo en que, observo, estos «seres capitalizados» se equivocan, es el punto en donde se manifiesta el límite, claramente trazado, a su sólida, transparente y coherente, idea de la vida.

Esta sociedad nos muestra que no todo alcanza para todos, pero nos miente constantemente lo contrario, y así, entre otras ideas «fundamentales», se ha dado lugar a la aparición de la forma de vida-carrera, y que más tarde se nos ha impuesto a todos, en donde el progreso, el crecimiento, el desarrollo, son logros cuya esencia no radica esencialmente en el Ser, sino más bien en el Tener. Tener es Ser, no tener es No Ser, No Tener es Ser Nada.

Cuando se aceptan las reglas injustas del juego, que antes mencionábamos, se aceptan implícitamente otras cosas, a saber: que habrá víctimas de esa injusticia, que existirá la desigualdad, que el abismo que separa a quienes se benefician del juego, de aquellos a quienes las reglas perjudican, se hará cada vez más ancho y profundo; que habrá quienes no acepten, simplemente «porque les tocó» el lado equivocado, no tener —y, por lo tanto, No Ser—; se acepta —decíamos— que hay quien no se resigne tan fácilmente a ser Nada y que hay quien, al no resignarse, hará lo que esté a su alcance de su mano para cumplir los requisitos establecidos para el Ser -es decir, Tener.

La inseguridad, la delincuencia, son nada más que la contracara de la forma de vida consumista que nos gusta decir que elegimos abrazar —porque en realidad está planificado que ésta sea nuestra elección.
Aceptar una parte de la moneda nos hace inmediatamente adjudicatarios de su indivisible contraparte.

Y así como la inseguridad es producto inherente, por lo tanto inevitable, de este sistema de organización, y producción, que rige nuestras vidas, también la mentalidad estrecha, temerosa, ambiciosa y esencialmente egoísta del hombre capitalista de clase media y alta, defensor acérrimo de la estructura que le garantiza la perpetuación de sus privilegios, de la misma que lo obliga a elegir el consumo irresponsable y desmedido —la eterna insatisfacción material— como forma de vida, también resulta inevitable.

Como decía antes, nos enseñaron que la única manera de Ser es el Tener, nos despojaron del tiempo para la reflexión, y de toda posibilidad para encontrar una manera de Ser que sea fiel a nuestra condición de seres humanos, individuos, libres; un modo del Ser que además sea auténtico que no involucre ser nada más que una parte incapaz de una observación e interpretación propia de las condiciones reinantes, de una esencia meramente funcional a este sistema que domina nuestras vidas presentes y futuras; nos permiten soñar tan sólo con ser engranajes de la gran maquinaria productiva —de riqueza para pocos y miseria para muchos—, y a cambio nos dejan solo las migajas, se quedan con nuestro tiempo, nuestra libertad, con nuestra juventud, con toda la energía vital de nuestros perecederos cuerpos, nos obligan a postergar eternamente el disfrute de la vida —postergar el derecho máximo del ser humano—, se quedan con nuestra posibilidades de ser auténticos y nos dan a cambio entretenimiento vulgar —nos inundan de mierda, más bien— , nos garantizan la constante distracción que nos evite un incómodo encuentro con nosotros mismos, que nos evite la profunda tristeza de mirarnos a los ojos y encontrarnos con que en realidad, y más allá de todas las luces brillantes, estamos vacíos, o llenos tan solo de mediocridad; nos regalan la distracción de las verdades incómodas, el constante entretenimiento vulgar y un mundo lleno de espejitos de colores.

El sistema se nutre del odio y la división. La deshumanización total de la sociedad, la mercantilización absurda del universo, parecen ser sus únicos objetivos, tiempo hace ya que las razones por las cuales nos organizamos en sociedad han desaparecido de nuestras conciencias. Actuamos por inercia, por la fuerza de la costumbre, no tenemos idea de porqué hacemos cada cosa que hacemos, nos hemos convertidos en robots, sin alma, sin corazón, a los que se les ha hecho creer, de una manera puramente superficial que del alma y del corazón emana la energía que nos mueve a la vida, cuando la única motivación para vivir proviene de la fría y mediocre satisfacción material.

Si la vida en plenitud es el amor, esta vida material es masturbación, y peor, es masturbación sin siquiera una gota de imaginación, es automatismo, es ilusión, nada más lejos de poder experimentarse como «real».
La satisfacción material es la huida de la realidad, el escape del mundo, el miedo a la verdad materializado en acción por impulso, mucho más por reacción que por libre elección.

La desigualdad es la fuerza que impulsa al motor de este sistema, una supuesta, y tan solo imaginable —dentro de los marcos del mismo— igualdad, dejaría paralizado a este Dios supremo y todopoderoso, que rige nuestras mortales vidas, y al que llamamos Mercado —lo que sería una “locura”, una alternativa absolutamente inaceptable, de más esta decir.
El capitalismo jamás será inclusivo, por más que la caprichosa élite socialista burguesa que nos gobierne —sea hoy, sea mañana— se esfuerce por adornar con luces brillantes y palabras preciosas sus discursos, cargándolos con ideas de crecimiento e igualdad, de progreso e inclusión; todo aquel que promulgue una forma de capitalismo que pudiera resultar inclusiva, para mi, es un hipócrita, un tipo que más allá de cualquier conciencia social que pudiera afirmar poseer —a la cual nada más obedece porque la molestia de su carga se vuelve inevitablemente un obstáculo para sus posibilidades de «libre desenvolvimiento», dentro de los parámetros de lo socialmente aceptable—, es un tipo que tan solo se ocupa, y preocupa, por encontrar maneras —socialmente aceptables, políticamente correctas— de perpetuar el poder de la estructura que le garantiza una cuota segura, e incuestionable, de privilegios.

Para terminar, cito una frase de un hombre que supo tener una visión total del mundo que nos rodea, tal vez como la que creo necesaria desarrollar en cada uno de nosotros, en pos, no tan solo ya de conseguir una mejora significativa en lo que verdaderamente podemos considerar «calidad de vida», sino que en este caso la urgencia de la situación —un tanto más pesimista— me hace pensar en que desarrollar una visión total del mundo se hace necesario para conseguir la supervivencia de la especie humana, y, no menos importante, de las condiciones ambientales y sociales que nos permitan acceder, como especie, en conjunto, a una forma de vida digna y en libertad, un hombre a quien admiro —junto a sus ideas y pensamientos— plenamente:

“No es signo de buena salud el estar perfectamente adaptado a una sociedad profundamente enferma.”

Jiddu Krishnamurti

elale (αλιενάδος ανθρὠπος)

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Desnudar la Realidad

Imagen tomada de internet, no de mi autoría.

De a poco, ante mis sentidos,
Por largo tiempo adormecidos,
Ha comenzado lentamente
A descubrirse un mundo nuevo.

Casi como por arte de magia,
La realidad ha comenzado a desnudar
Su belleza infinita y eterna,
Ha comenzado, completa, a liberarse
Del peso agobiante, complejo entramado
De conceptos, consensos y representaciones,
Ideas, prejuicios y pensamientos,
Tejido ilusorio en que su cuerpo
Encontraba vestido y prisión.

De a poco, luego de haber mirado a los ojos
Al abismo perenne a un instante cualquiera
El mundo ha decidido descubrirse,
Libre de máscaras,
Y todo caprichoso disfraz.

Un mundo nuevo y fantástico,
Se percibe, a la vez más real
Que aquel al que por tanto tiempo
La costumbre nos dio a conocer,
Un mundo nuevo y fantástico
De existencia maravillosa sin igual.

Mágica naturaleza desnuda, su belleza
Se ha descubierto ante mis sentidos,
Y este mundo se siente otra vez
Como aquel que cuando niños,
cuando al viento volaban los sueños.

Y no es sino el cambio,
Divino hacedor de magias poderosas.
Tejedor de hilos de la imaginación,
Implacable destructor de costumbres.
Puente inmaterial que conduce
Un alma de existencia mediocre,
Largamente esperado reencuentro,
A la por siempre asombrosa realidad.

Alejandro M.

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Derrumbar la Tradición

Francisco de Goya, “Saturno devorando a sus Hijos”, 1821- 1823

Observo con asombro como hay quienes prefieren condenarse a una vida mediocre, y renunciar a una verdadera felicidad, antes que siquiera considerar el faltar el respeto a la tradición y las «buenas costumbres», como posibilidad válida; a mi, esto me parece inconcebible.

«Faltar el respeto» de la ley, mostrar la disposición para hacerlo, a someterla bajo la lupa de la duda, al menos atreverse a cuestionar su carácter de absoluto, se ha vuelto algo fundamental para el hombre que busca abrazar una verdadera libertad.

Pienso que, ante la sensata percepción, no quedan dudas de que el hombre, en su formación personal, social y cultural, es un ser único como individuo, y no hay manera de que haya más que una o dos personas que puedan ser verdaderamente felices siguiendo lo que dicta la ley al pie de la letra, ¡nada más que una o dos personas que puedan acceder a una verdadera felicidad en esta sociedad!, porque el resto de las personas no es feliz, y jamás podrá serlo, ellos nada más se sienten seguros.

elale (αλιενάδος ανθρώπος)

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