Construyendo la Utopía

William Blake, “La misión de Virgilio”, ilustración de la Divina Comedia de Dante Alighieri

Cuando la verdad se construye desde el discurso, cuando las personas han dejado de lado su interés por conocer esa verdad por sí mismas, cuando han comenzado a alimentarse de palabras, sin que les importe cuán vacías éstas puedan ser —siempre que les resulten, en cierta medida, confortables—, alcanza, para la voluntad de quien ocupa un puesto de poder, tan solo con manipular el lenguaje común, para manipular lo que la sociedad considera como realidad, y transformarla de manera tal que resulte conveniente a sus propios intereses.

La «incoherencia», presente en esos aspectos que resultan de alguna manera contradictorios, que pueden llegar a generar sospechas sobre el «grado de veracidad» de esa «verdad» establecida, es, por lo general, el síntoma más evidente de una realidad que ha sido construida ‘a la medida’ de ciertas voluntades particulares.

Incoherencia que puede presentarse en distintos grados de notoriedad, en algunas ocasiones enormemente expuesta ante los ojos del hombre común, pero de un hombre común que no es capaz de identificarla, un hombre ante cuyos sentidos pocas cosas resultan claras y evidentes, hombre que cuando no está trabajando, se encuentra atascado en el tráfico, o cumpliendo los rituales de una u otra tradición, exhausto, distraído por la televisión, preocupado por las deudas, temeroso de todo aquello que pudiera suceder tan solo porque es posible que suceda —y porque esa misma posibilidad resulta ser noticia vendedora.

Incoherencia que resulta más o menos evidente, según sea el grado de aptitud y el atrevimiento hacia el pensamiento crítico dentro de la población, el grado de voluntad y necesidad de una visión e interpretación auténtica, original y fundamentalmente orgánica, de todo lo que nos rodea —esto, a nivel de individuo, pero de un individuo que construye a la sociedad que le permitirá sobrevivir y desarrollarse en plenitud—; incoherencia que, por el otro lado, resulta fácilmente «instalable» en la manera individual —e individualista, pero de un individualismo absurdamente anti-social, en este caso— de concebir la realidad del hombre temeroso, exhausto y distraído.

El concepto de «utopía», por ejemplo, es una construcción social, moldeada por la voluntad del sistema —o al menos lo es en su acepción moderna, alejada ya de su etimología del ‘no-lugar’—, y como todo producto de la voluntad, responde a un cierto interés.

Hasta podemos llegar a pensar en que una verdadera democracia es absolutamente «utópica» dentro de los parámetros del sistema capitalista, y ¿a cuántos demócratas vemos por ahí abogando por una verdadera democracia?
La respuesta, ninguno. Basta con que se nos diga que esto que hay es Democracia, y que, tal como es, es lo mejor que puede ser.

Un sistema capitalista «inclusivo y socialmente responsable» ya es en sí una utopía, y ni siquiera es difícil notarlo, así como la idea del desarrollo capitalista indefinido como medida unívoca de progreso, ¿no es acaso una utopía la idea de una sociedad que habita un mundo finito al que puede explotar indefinidamente hasta saciar un hambre infinito de consumo y satisfacción material?
Sin embargo, para quienes dominan el discurso del poder, éstas acepciones no se encuentran dentro de lo que se debe considerar como utopía.

Slavoj Zizek dijo alguna vez:

“Nos sentimos libres porque carecemos del lenguaje para expresar nuestra falta de libertad.”

Entonces ¿no perfilan acaso, claramente, el miedo y la ignorancia como dos de los pilares más importantes sobre los que se mantiene en pie todo este sistema podrido?

Alejandro M.

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Acerca de el Ale (αλιενάδος ανθρώπος)

Natural Born Dreamer. Ser vivo en constante aprendizaje del mundo, de la naturaleza, de la vida. «La conformidad no es propicia para la creación. Sólo la profunda incomodidad del alma es capaz de encender la llama apasionada de la inspiración.»
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