Filosofía, ¿para qué?

Ilustración de William Blake, “Jerusalem”

¿Por qué? y ¿Para qué?

Elijo la filosofía porque la considero absolutamente necesaria en esta vida moderna, oscurecida por la sombra de la eficiencia y el progreso tecnológico irresponsable, porque la considero absolutamente necesaria para replantear las preguntas fundamentales de la vida en sociedad, comenzando por la pregunta del ¿por qué?

¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué el mundo es como es?
Lo que, proyectado a la perspectiva del individuo se traduce a:
¿Por qué soy como soy?
¿Por qué somos como somos?
y, dado que el individuo «es» en tanto «hace»:
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
A cada día, a cada instante, en cada decisión,

¿por qué hacemos cada cosa que hacemos?

Aquí es donde llegamos a la segunda pregunta en gran manera significativa que viene a plantear la filosofía en su camino reivindicador de la humanidad, de la naturaleza, de la vida y la libertad:

¿Qué hay por detrás de cada una de las cosas que hacemos?

Estamos demasiado acostumbrados a observar, a considerar, tan solo el entorno inmediato de nuestras vidas: el trabajo que hacemos, la remuneración que recibimos, los productos que compramos en las tiendas o los supermercados. ¿Alguna vez nos preguntamos qué hay detrás de estas acciones inmediatas?

¿Qué clase de maquinaria se esconde por detrás de las cortinas de esa imagen agradable que proyectamos, y a la vez nos proyectan, delante de los ojos?
¿Cuál es la naturaleza de este gigantesco mecanismo de relojería que regula cada una de nuestras elecciones?

Estamos demasiado acostumbrados a considerar tan solo los efectos inmediatos, en tiempo y en espacio, de nuestras acciones cotidianas:
¿Es acaso pura magia lo que hace que un producto aparezca en las góndolas, o que un producto simplemente «aparezca en el mundo»? ¿Será que hay complejos procesos productivos, relaciones de trabajo y/o explotación, procesos perjudiciales, en cierta manera, para las personas, medio ambientes, y animal de toda especie, que se encuentran involucrados en este proceso?

¿Acaso al aceptar ser parte de la cadena de consumo no elijo apoyar toda esa industria «mágica», cuya naturaleza desconozco, y prefiero seguir desconociendo?
¿No hay acaso detrás de cada uno de esos productos que encontramos en las góndolas, una cuota de crueldad, de tortura, de trato inhumano y esclavitud para con otras especies, una cuota de envenenamiento de poblaciones y de aquellos que trabajan la tierra que nos da la vida?

Todas estas posibilidades que la modernidad nos ha llevado a dejar de considerar como tales, nos lleva a esas preguntas
¿Por qué?
¿Qué hay por detrás?
De lo que hacemos, de lo que elegimos, de lo que aceptamos…

Vivimos en la era del resultado, y sobre todo del resultado inmediato.
La filosofía viene a obstaculizar esta inhumana búsqueda.
Detrás de cada resultado inmediato hay un costo que nos han forzado a ignorar.

Venimos a recordar al mundo las preguntas que deberían preceder a cada decisión, aún a las más sutiles, a las aparentemente menos importantes, y sobre todo a estas últimas, porque son éstas las que llegan a tomarse de la manera más automática, sin pensar, sin reflexionar.

¿Y qué si luego nos damos cuenta de que estábamos equivocados?
¿Y qué si al darnos cuenta del error ya es demasiado tarde?

 

Lenguaje. Realidad o ficción.

También la filosofía busca poner en evidencia la esencia ficticia de todo aquello a lo que llamamos «la verdad».
¿No es acaso la verdad tan solo un subconjunto de las posibles expresiones que podemos construir utilizando algún lenguaje determinado? ¿no somos nosotros, los hombres, quienes hemos convenido llamar «verdad» a este subconjunto de expresiones? ¿y a todo lo demás no hemos, nosotros, los mismos hombres, decidido llamar mentira?

El mundo que conocemos es resultado de una articulación lingüística de una realidad que existe en sí misma.
La costumbre nos ha llevado a relacionarnos con el mundo tan solo a través de las palabras, el mecanicismo cotidiano, bajo cuya sombra nos someten a diario el hábito y la rutina, nos ha forzado a quedar estancados, atrapados, en ellas.

En la era de la eficiencia y la búsqueda del resultado comprobable, el mundo entero cobra sentido solamente a través del hombre, a través de sus deseos y sus intenciones. El mundo se ha convertido en un «medio para un fin particular», el mundo y también el hombre mismo, «el hombre como medio para el fin del hombre», el hombre, y el mundo, como simples herramientas, y absolutamente sustituibles.
Cada cosa en la naturaleza ha comenzado a cobrar sentido solo en la medida en que resulta de cierta utilidad a la consecución de tal o cual fin particular, lo que nos lleva a observar y a encontrar en el mundo tan solo «utilidades» o «funciones», el taxista ya no es un hombre que vive, siente y respira, con todos sus problemas personales y familiares, no, en el contexto de mi propia búsqueda de resultados no es más que un «Taxista». El comerciante no es persona, no es un ser humano, es tan solo el intermediario entre la industria y mi necesidad de consumo, me es una herramienta útil y como tal, da lo mismo sea quien sea el que cumpla con esa utilidad, siempre que la cumpla.

Todas estas «funcionalidades» del universo, se expresan en el lenguaje que utilizamos a diario, y si bien el universo, como tal, es decir, como realidad en sí, no es maleable a voluntad, pero el lenguaje sí que es susceptible a la manipulación, y cuando aparece una persona de esas que son habilidosas para las palabras, —palabras a través de las que comprendemos la realidad— esa persona, obedeciendo nada más que a su propio gusto, su propia voluntad, adquiere poderes casi mágicos, se transforma en un ser capaz de dar vuelta completamente la realidad ante nuestros ojos, que seguidamente solo serán capaces de observar esta nueva, «su realidad»; y aquí se cuentan a políticos, gobernantes, propagandistas, agentes publicitarios, periodistas, maestros, profesores, padres.

Para todo esto la filosofía, para frenar el avance arrollador de la carrera de la inmediatez, de la eficiencia ciega, del resultado beneficioso.
Para recordarnos las preguntas esenciales, ¿por qué? ¿para qué? ¿y que hay por detrás? ¿qué involucra cada una de mis decisiones? ¿cómo afectan al mundo, social y ambiental, las consecuencias inevitables de cada una de ellas?

El camino de la eficiencia pura, de la ciencia y el avance tecnológico es, en gran medida, potencialmente destructivo y deshumanizante, en esta tendencia ciega y automática a la que nos ha sometido la modernidad capitalista, la filosofía viene a revalorizar la vida y la libertad del individuo como ser humano y natural, como parte de un mundo natural que necesita de él para existir, pero el cual, a su vez, establece las condiciones para la existencia del primero.

Para romper con la carrera de la eficiencia.
Para recuperar la voz de la vida.
Para dejar a la flor florecer porque simplemente florece(1).

elale (αλἐξανδρος, αλιενάδος ανθρώπος)

(1) “Peregrino Querubínico”, Angelus Silesius
“la rosa es sin porqué
florece porque florece,
no tiene preocupación por si misma,
no desea ser vista”
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Acerca de el Ale (αλιενάδος ανθρώπος)

Natural Born Dreamer. Ser vivo en constante aprendizaje del mundo, de la naturaleza, de la vida. «La conformidad no es propicia para la creación. Sólo la profunda incomodidad del alma es capaz de encender la llama apasionada de la inspiración.»
Esta entrada fue publicada en El Ojo Poético, Filosofía, Lenguaje, Libertad, Sin Asignar y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a Filosofía, ¿para qué?

  1. reflexionayvive dijo:

    Soy filósofo, como tú te defines. Me gusta encontrarme al menos de vez en cuando personas que valoran lo valioso en medio de un mundo desquiciado guiado por criterios pragmáticos e inhumanos, desde mi punto de vista. He leído que te gusta Rilke: él diría de gentes que viven hacia afuera, desparramados por los sentidos, en contraposición al poeta solitario.

    Por otra parte, ya consignó Miguel de Unamuno en “Del sentimiento trágico de la vida” que el verdadero poeta es filósofo y el verdadero filósofo, poeta.

    Me ha agradado tu entrada, aunque no comparta varios de los aforismos que has reproducido. Un abrazo y hasta otras.

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    • el Ale (αλιενάδος ανθρὠπος) dijo:

      Hola! Antes que nada muchas gracias por el comentario. También celebro encontrarme de vez en cuando con personas que se animan a una propia interpretación del universo.
      Por mi parte, más que definirme «filósofo» trato de poner de manifiesto en mi una actitud filosófica ante la vida —actitud que ahora reconozco que tuve durante toda mi vida—, actualmenet estudio un profesorado de filosofía, comencé ya de adulto y tuve que pasar por mucho, entre lo que puedo contar una casi terminada carrera de ingeniería, antes de encontrarme a mi mismo en los brazos de esta maravillosa forma de experimentar, interpretar, conocer, la vida y el mundo. Este descubrimiento surgió justamente, inmediatamente, después de haber descubierto la poesía, por lo que entiendo muy bien las palabras que citas de Unamuno. Si bien no leí nada de él aún, me animas a buscarme algo ya mismo para conocerlo.
      Otra vez, muchas gracias por la respuesta, estamos en contacto!

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      • reflexionayvive dijo:

        Disfrutaré con mi primer contacto en WordPress.com.
        Si no me equivoco con tus perfiles de lectura, creo que te agradará comenzar por sus poesías (muy enjundiosas), y como has dicho que estudias un profesorado en Filosofía y tendrás por consiguiente úna buena formación en el campo, te recomendaría especialmente la obra que te cité: “Del sentimiento trágico de la vida”. Es preciso, eso sí, como él mismo dice en el prólogo a la misma obra o a “Niebla” (no lo recuerdo con exactitud), tener conocimientos más o menos amplios de las ciencias teológicas para aprovechar al máximo sus capítulos.
        Quizá te guste. Muchas obras suyas están en ediciones electrónicas legibles y gratuitas (dos adjetivos a menudo difíciles de casar…) y deambulan por la red. No obstante, si no los encuentras, déjame un mensaje y te los mandaré con mucho gusto.
        Un saludo desde aquí.

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      • el Ale (αλιενάδος ανθρὠπος) dijo:

        Siempre se nos aparecen oportunidades de aprender, habré de leer lo que me recomiendas, respecto a las ciencias Teológicas conozco casi nada, así que también buscaré algo para leer, ¿sabes de algún texto introductorio como para comenzar?
        Muchas gracias por la recomendación!
        Saludos!

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      • reflexionayvive dijo:

        Buenas, Ale.
        Unamuno es un autor muy interesante. Lo cogerás con gusto, de eso estoy seguro, y te aportará muchas dudas si bien pocas respuestas. Es uno de esos autores que prefieren que sus lectores pensemos algo más y escuchemos algo menos.
        Respecto a la biliografía por la que me preguntas, me temos que no se me ocurre ningún texto introductorio genérico. Las ciencias teológicas son disciplinas muy diferenciadas en el ámbito académico y es difícil encontrar un buen trabajo de síntesis que englobe todas las diciplinas. Hay intentos dentro del ámbito dogmático, como “Síntesis teológica”, de Eduardo Vadillo, o muchos trabajos algo más profundos y específicos. Me viene a la cabeza “Dogmática”, de Gerard Müller, el actual Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe de la Iglesia católica (sustituto de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI), pero quizá sea algo demasiado denso y especial para comenzar.
        Si te inquieta alguna disciplina en concreto, quizá pueda recomendarte desde mi humilde posición intelectual algún manual “ad hoc”.
        Saludos, colega.

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      • el Ale (αλιενάδος ανθρὠπος) dijo:

        Hola, por lo pronto comenzaré con algo de Unamuno, según lo que me cuentas y lo que leí en las entradas de tu blog sin dudas resulta interesante.
        Muchas gracias otra vez por las recomendaciones, sobre todo por ese ‘colega’, me siento halagado, sobre todo después de leer lo que escribes y que me ha gustado mucho, pero particularmente aún me considero un principiante en esto, 🙂
        Saludos!

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  2. reflexionayvive dijo:

    Buenos días, Ale.
    Nadie como tú, por lo que leo, merece el apellido de filósofo. “Philosophía”, como bien sabrás, es una importación griega que significa “amor a la sabiduría” (sin entrar en la contienda etimológica y las eternas discusiones, a veces academicistas bagatelas, alrededor de dos términos tan sencillos como intrincados), por lo que la voz castellana filosofía designa no una cosa, sino una actitud, un hábito, más que un modo de conocer un “modus vivendi” específico. El que se adentra con paso humilde en los terrenos de la verdad y del bien, y no con ansias dialécticas y discursivas, ése es el filósofo. A los eruditos (no a los cultos, meros depositarios de información dispersa; no a los hijos del disperso enciclopedismo francés sino a los doctos), a ésos dejémoslo en adición el apellido de “sophoi”.
    Por lo pronto, déjame humildemente darte un consejo que propiamente no dejo de repetirme: deja que los sabios sean otros, tú nunca sepas. “Sólo sé que no sé nada”, decía el afamado Sócrates, verdadero filósofo. Sabio es paradójicamente el que no sabe, el que al penetrar una realidad cobra conciencia de que ha abierto una puerta a un mundo nuevo que hasta entonces había permanecido blindada a su mirada superficial, el que cuanto más conoce más necio se sabe. En el momento en que sepas, estimado colega, habrás dejado de saber. Los sofistas que según nos relata Platón propiciaron la muerte del filósofo jamás entendieron este desbordante aforismo: desde Gorgias hasta Protágoras, fueron todos adoradores de la desatada razón discursiva, divorciada de la verdad que se mostrara al intelecto.
    Quiero seguir un poco más con Sócrates para alentarte en el bienaventurado camino que has iniciado, Ale, desechado por el utilitarismo científico contemporáneo. Por encima de las críticas que estudiantes y profesores han esgrimido con fiereza en los últimos años contra el plan Bolonia (hoy parece que los ánimos están más calmados, Historia que significa la condición pasional de tanto griterío de ayer, o bien de veleidad), la primera que, desde un punto de vista gnoseológico-epistemológico, elevaría yo es el maltrato intelectual de la persona: nos tratan como hormigas de producción; al responsable de la educación no le interesa la erudición, la sabiduría, la “sapientia” de los doctos de ayer: le interesa que el alumno se especialice para que produzca en un sector determinado. El que superare con éxito un doctorado en Materiales sabrá como nadie de tornillos, pero será el más necio de los hombres si su conocimiento se limita a su puesto en la pútrida cadena social-laboral. Aprende de todo, déjate admirar por toda clase de cosas: no hay nada secundario, la verdad es una, es puzle de una sola pieza.
    Sócrates era un maestro de la mayéutica: como sabes sin duda, ésa era la técnica que empleó el filósofo para aleccionar a sus alumnos. Consistía en un “dar a luz” (en griego “tiktó”) la verdad en el alumno, en hacer aflorar de la interioridad del aprendiz mediante preguntas encadenadas la pregunta final. El trabajo de maestro, para Sócrates (y así él mismo lo admite), es el de matrona. Los teóricos de la Lógica y del Conocimiento dan mil y una interpretaciones y valoraciones a este método tan original; para el caso me quedo con una, ya que no las considero exclusivas sino mutuamente contribuyentes: la verdad está en ti y en mí; de hecho la conocemos, pero sin filosofía la pisoteamos machaconamente y pasamos por encima con ruidos del diablo.
    Inmanuel Kant, creo que es en la “Crítica de la razón pura”, distinguió entre Filosofía mundana de Filosofía académica, para deslindar dos campos de una misma disciplina, uno sede de todo ser humano con actitud filosófica, sorpresiva y requirente, ante la realidad externa, y otro ámbito de conocimiento del que es requisito indispensable el aprendizaje académico. La Filosofía mundana es un descenso a lo básico (“katábasis”, el descenso siempre lo es al cimiento del edificio, a la raíz que sustenta la frondosa y compleja copa), mientras que la académica era un florecer “ad extra”. Me separo concienzudamente del maestro de Königsberg considerando el intelectualismo académico, cuando no un sofisma, un perpetuo regreso a la fuente “mundana” para desde allí acceder a esa “sapientia”; mundo y academia están unidos en filosofía: el mundo no es fuente ni la escuela culmen, la filosofía es “fons et culmen”.
    Sé legatario socrático, sé un eterno principiante.
    Con afecto, colega. A más ver.

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  3. reflexionayvive dijo:

    Permíteme que introduzca este hilo argumental como entrada en mi blog, anónimamente por el momento y definitivamente si no me das tu permiso para identificar al segundo interlocutor.

    Le gusta a 1 persona

    • el Ale (αλιενάδος ανθρὠπος) dijo:

      Hola! Adelante pues, tienes mi permiso para usarlo e identificarme si lo crees necesario.
      Muchas gracias otra vez, aún cuando esta vez me dejas sin palabras, ;).
      Saludos!

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  4. el Ale (αλιενάδος ανθρώπος) dijo:

    Reblogueó esto en Aventura de la Concienciay comentado:

    Observaciones personales en el día Mundial de la Filosofía.

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