El Inmortal

Jorge Luis Borges

Una reflexión acerca del cuento “El Inmortal” de Jorge Luis Borges

Hace ya unos años de mi primer encuentro con la maravillosa obra de Jorge Luis Borges, lo primero que leí de él fueron los cuentos de «El Libro de Arena», y ya desde el primer momento supe que esta lectura no era algo que se pareciese en nada a lo que había leído antes. Más adelante, un amigo me prestó su ejemplar de «El Aleph», y entre cuyas páginas me encontré con un cuento titulado “El Inmortal”, recuerdo haber quedado fascinado luego de terminar de leerlo, aunque no puedo saber si en aquel momento llegué a comprender, de manera consciente, algo de lo que había leído, más bien creo que fascinación es todo, aunque ciertamente no poco, de lo que quedó de este cuento para siempre conmigo.

Hace unos días, varios años, algunas experiencias de vida y, por sobre todo, muchas y diversas lecturas, después, pude hacerme con una copia de este libro, lo abrí y comencé con la lectura, no sin sentirme extrañamente afectado por la presencia del recuerdo difuso de una experiencia pasada, muy parecido tal vez a un «Deja Vu», ya que el primer título con que me encuentro me tomó por sorpresa: “El Inmortal”.

Fascinación es poco para describir lo que las palabras de J.L.Borges pueden desencadenar en el alma de quien se atreve a aventurarse en su obra, esta vez, creo, puedo tratar de traducir a mi propio idioma, y tal vez hasta en palabras que puedan ser comprendidas por otros, por ustedes, mis lectores, algo de aquello a lo que esa «fascinación» refiere en mi mundo interior:

«Una vez reencontrado, cara a cara, con la esencia inevitable de un destino mortal, da lo mismo haber caminado eternidades por el mundo que no haber transcurrido por esta tierra durante más tiempo que el que cuenta una sola y corta vida, si es que alguna vez durante ese breve o larguísimo camino, nos hemos permitido soñar, si es que nos hemos atrevido a maravillarnos con las obras que, quizá por la grandeza de sus creadores, han conseguido hacerse, de alguna manera extraña, con la divina cualidad de los Inmortales.

Pienso, ¿Seremos acaso nosotros, los hombres, seres simples, frágiles, hechos, tal vez como a modo de prueba, de la esencia más perecedera de todas las que hemos conocido, por medio de nuestras ideas, los constructores de la divinidad en que, por terminar ésta transformándose en la fuente del cosmos en donde son posibles tanto el bien como el mal, el origen y el final, un arriba y un abajo, tanto la creación como la destrucción, el nacimiento, como la vida y la muerte, fuente inagotable de esa fuerza a la que llamamos «sentido», sentido que es, para nuestras existencias, todo, ya sean estas combinadas Todas en Uno por amor, ya sea en Uno por el amor incondicional a la soledad; sentido en el que terminamos inevitablemente por reconocer la existencia de un Creador del Universo, nuestro, propio y, en tanto que tal, inmortal?»

Alejandro Miranda

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Hay que leer

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Vladimir Kush

        Hay que leer, hay que animarse a tomar un libro, y armarse de la justa paciencia, hay que aventurarse y entregarse de lleno a sus páginas, hay que saborear lentamente cada palabra, disfrutar de cada frase, de cada idea, de cada pensamiento; hay que darse el tiempo para comprender a los autores, para conocer a las personas, hay que animarse a vestirse un poquitito de ellos mismos, y alcanzar a conocer así un poquitito de sus necesidades, de sus deseos, de sus miedos, de sus esperanzas, de sus dichas y de sus tristezas; hay que darse la oportunidad para conocer a los autores, a los pensadores, a los narradores, a los creadores, conocerlos para hacerse uno con ellos, para hacerse uno «en» ellos, al menos por un momento, al menos por uno de esos pequeñísimos momentos que gozan tanto disfrazándose de eternidad; hay que leer, hay que cuestionar, eso sí, descender a las raíces, viajar hacia la fuente primordial de cada idea, de cada pensamiento de esos que descansan en las palabras con que alimentamos a nuestro espíritu, hay que darles una y otra vuelta, observarlos atentamente, silenciosamente, desde uno y otro lado, bajo una y otra luz; pero hay que leer, porque si no se lee, se corre un riesgo inmenso, el de convertirse en un hombre sin luz, en un hombre de esos que siempre han sido los más peligrosos de los que han puesto pues sobre esta tierra, seres oscuros, hechos de hondo resentimiento contra la vida, vacíos de esperanza y solidaridad, de esos hombres insensibles que, si por esas misteriosas sendas entrecruzadas de las buenas y malas fortunas, han encontrado alguna vez entre sus manos una mísera cuota de influencia o de poder, han traído consigo siempre la catástrofe, han sido siempre signo inconfundible de la tragedia, símbolo inequívoco que a todas voces anuncia el fin de la Vida, el fin de la Libertad; hay que leer, para no caer en cuenta, un día cualquiera, en que nos hemos transformado en hombres enfermos, hombres ignorantes, pero de una ignorancia que no tiene cura, lamentablemente, ya que esos hombres que jamás buscarán una salida del encierro inexorable al que perpetuamente les condena su misma y miserable condición, y esto porque ignoran y, por sobre todas las cosas, ignoran todo acerca de su inmensa y profunda ignorancia.

        Hay que leer, y no solo en páginas de papel, hay que luchar constantemente por aprender y desaprender, y por volver a aprender, y continuar aprendiendo hasta el último de nuestros días, hay que hacerse del coraje del hombre que se ha liberado de las cadenas de la seguridad y la quietud y se ha lanzado de lleno en la aventura de leer, observar e interpretar las páginas con que la vida misma a todos nos convida, en cada instante de cada día, de su infinita y maravillosa sabiduría.

Alejandro Miranda

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Felicidad y Libertad

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“No es síntoma de buena salud estar perfectamente adaptado a una sociedad profundamente enferma.” Jiddu Krishnamurti

 

¿Es posible alcanzar la felicidad cuando no se es libre? ¿No es acaso la búsqueda por la felicidad una búsqueda que nace de la observación del mundo, de la interpretación propia de la realidad, de la reflexión sobre nuestra vida y la de los otros, y, por sobre todas las cosas, un resultado de la voluntad del hombre libre que lucha por alcanzarla? ¿Cuál es el sentido de la propia vida si no es, como mínimo, la búsqueda de la felicidad?

Ningún esclavo puede alcanzar una verdadera felicidad, y el único camino que puede conducirlo a la ínfima posibilidad de su encuentro no es otro que el camino que le conduce a la toma por la fuerza del control que se le ha negado sobre su propia vida, a la destrucción del amo que lo domina y de toda la autoridad que lo enviste de poder, el camino de la fuerza y el embiste desesperado por arrancar de cuajo la mano que porta el látigo y el brazo todo que la sostiene.

Es por esto, por esta simple y concreta realidad, y absolutamente nada más, que el orden vigente de las cosas en el mundo —luego de haber comprendido al fin que no hay divinidad ni entidad todopoderosa que pueda imaginarse, que sea capaz de conseguir que el hombre se resigne y entregue por su propia voluntad la felicidad que le corresponde en esta vida y en esta tierra— dedica tanto empeño a imponer al hombre una idea de las cosas bastante alejada de la que le ofrece la realidad cuando se anima éste a observarla por sí mismo, cuando se atreve a experimentar sus texturas y percibir sus manifestaciones sensoriales con su propia naturaleza humana; es por esto, y por nada más, que el orden establecido, y esencialmente no natural, de las cosas se esfuerza tanto en adaptar —transformando y deformando— los conceptos de esclavitud, explotación, jerarquía, autoridad, necesidad, trabajo y remuneración, en función siempre de los “intereses y necesidades de los tiempos que corren”, aunque nunca se intente aclarar los intereses y las necesidades de quién, o de qué sector particular de la sociedad, y todo eso simplemente porque es un hecho tal vez incuestionable que un esclavo, un hombre privado de su verdadera libertad, jamás podrá ser verdaderamente feliz, y la Felicidad, entendida como tal, es tal vez el único Bien lo suficientemente valioso como para invitarnos a poner en riesgo no la comodidad, la estabilidad o la seguridad, sino la vida misma por su búsqueda.

Alejandro M. (ἀλιενάδος ἄνθρωπος)

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El «Bien» en los tiempos modernos

Representación del Mito de la Caverna de Platón. Sombras, realidad, ilusión, verdad.

Todos vivimos nuestras vidas buscando el Bien, pero ¿qué es para cada uno de nosotros el «Bien»? ¿Cuál sería su manifestación concreta en nuestras existencias? y aún si supiéramos con algún grado de seguridad lo que es esta idea de Bien, ¿cómo lo conseguimos? ¿cómo lo hacemos nuestro?, o bien ¿cómo nos hacemos de él para conseguir lo que más deseamos, la Felicidad? Porque cuando conseguimos identificar lo que para nosotros es el Bien, encontramos sin duda nuestro camino a la Felicidad, la que tan solo puede existir en función de ese Bien, en función de la Virtud que tan solo en él puede tener su origen. Ahora, una vez hemos encontrado el camino a la felicidad todo lo demás queda en segundo plano,  en esta vida, la única vida de que tenemos alguna seguridad vamos a vivir, nada puede ser más importante que buscar nuestra felicidad, ¿no es así? Entonces, ¿qué sucede entonces cuando, por falta de tiempo para la reflexión, por miedo, o por cualquier otra cosa de las que sentimos y experimentamos a diario, nos damos con el hecho de que somos incapaces de encontrar lo que es el Bien por nuestra propia cuenta? Peor aún, ¿cuál es el riesgo que asumimos al encarar decidida y definitivamente una búsqueda por la felicidad no solo sin saber lo que es el Bien, y por consiguiente sin saber cómo conseguirlo, sino, y aún mucho peor, cuando por todos estos «obstáculos del pensar»  de la vida cotidiana terminamos por relegar en otros la tarea de decidir lo que el Bien es, y por lo tanto el cómo hacernos con él? 

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha luchado por encontrar el equilibrio perfecto sobre el «cómo vivir», midiendo siempre la eficacia de sus métodos en función de la capacidad de éste para alcanzar el «Bien», el Bien como medida de la Virtud — el Bien como medida de todas las cosas, el Bien como medida del Universo —, definiendo así las coordenadas de su propio Ser, y orientando el rumbo de su vida entera en pos de esta búsqueda eterna.

La reflexión acerca de lo que es, o no es, el Bien, de lo que es, o no es, la Justicia, la Virtud, la Libertad, la Felicidad, ha estado presente antes de, y durante, cada decisión, cada renuncia, cada elección, antes y durante cada camino transitado. La búsqueda por una definición del Bien siempre ha ocupado una enorme parte de las reflexiones por el cómo vivir, tanto en lo privado como en lo social.

El sistema capitalista ofrece una gran ventaja, y es éste, a mi entender, el secreto detrás de la fabulosa aceptación que ha encontrado en las sociedades modernas — apresuradas, preocupadas, distraídas, temerosas—, y es que nos provee éste de una enorme comodidad al respecto, nos «libera» completamente de la responsabilidad de reflexionar acerca del cómo vivir — cómo vivir para alcanzar la mayor virtud, y luego la felicidad —, lisa y llanamente nos ofrece un «producto», un objeto fabricado, terminado y pulido hasta el detalle, «el dinero», al que, una vez conseguido, podremos, según se nos dice, intercambiar por cualquier otra cosa que podamos desear, incluyendo la Salud, la Belleza, la Virtud, la Felicidad, y hasta la Libertad.

Es entonces el dinero, el capital, la manifestación concreta, de acuerdo a sus parámetros, de la «idea de bien» platónica; un bien intercambiable, el «comodín» por excelencia en este juego de la vida, el símbolo por excelencia, el símbolo universal.

Por eso, según entiendo, la base del éxito del capitalismo es, en esencia, una ilusión, su fundamento todo es la mentira de que llegado el caso podremos usar el dinero acumulado para hacernos con la Belleza, la Virtud, o nuestra Libertad, para comprarlas como si fueran simples productos de mercado, y que de hecho es lo que son, la belleza, la salud, la libertad, en este sentido no son más que meros productos comerciales a los que aceptamos sin reflexionar como realidades en nuestro apuro por vivir y conseguir el resultado más eficiente e inmediato.

Mito de la caverna

Otra representación del mito platónico de la caverna, en esta podemos ver al hombre liberado de las cadenas de la ilusión, en búsqueda del Bien, representado por el Sol y la infinita luz con la que nos permite conocer la realidad.

Hoy nadie se pregunta ya cómo vivir para ser feliz, porque ya nadie se pregunta qué es ser feliz. Mucho más fácil, y cómodo, es aceptar lo que otros nos dicen acerca de la felicidad, y del cómo vivir para alcanzarla, mucho menos nos preguntamos en función de qué clase de intereses es que esos otros han definido la felicidad y ese perfectamente delineado «cómo vivir» para apoderarnos de ella.

Nos dicen que la felicidad está en Tener — casas, autos, pantallas gigantes, teléfonos «tope de gama», lujos, placeres superficiales y todo tipo de comodidades —, luego nos enseñan lo que debemos hacer para alcanzar esta forma de felicidad «de diseño» — salida de los laboratorio del poder —, nos hablan del dinero y de sus infinitas oportunidades para alcanzarla mediante su inmenso poder «liberador», porque hasta el lenguaje ha sido transformado, o más bien deformado, porque justamente a lo que nos esclaviza llamamos agente de liberación.

Cuando hemos aceptado al dinero, cuando hemos aceptado el «Tener», como cosas equivalentes a, y absolutamente intercambiables por, la Virtud, la Felicidad, la Libertad — como cosas en sí—, a simple vista se nos aparece el camino del «cómo» conseguirlas, se muestra claramente éste en el trabajar por un sueldo, sin importar las vocaciones verdaderas, en dedicarnos a cualquier actividad, sin medir otro tipo de consecuencias más que el que nos reditúe un cierto beneficio en dinero, se nos muestra de esta manera claramente el camino de la «virtud» en el bajar la cabeza y dejarse someter, en el aceptar y abrazar la autoridad y la jerarquía, siempre desde abajo; se nos muestra en el abandono del pensamiento crítico y la reflexión profunda sobre la vida, todo siempre en pos del único, y mejor, orden posible de la cosas; siempre para conseguir el dinero, para hacernos con él, para acumularlo en montones — para soñar con con esos montones—, para negárselo a los otros, para arrancárselo a los otros, para diferenciarnos de ellos — ¡sobre todo para diferenciarnos de los otros! —, porque también el capitalismo nos enseña que la felicidad es mucho más placentera cuando no se comparte —porque cuántos no están convencidos hoy de que felicidad es exclusividad—, cuando es solo mía, cuando nos marca una diferencia clara por encima de los otros.

En pos de la Virtud debemos, pienso, ser capaces de aislarnos en las ideas, de alejarnos de toda influencia y prejuicio, para encontrar nuestro Ser auténtico, para encontrar la interpretación única, propia, verdadera de la realidad; pero está la Virtud también, y fundamentalmente, en unirnos con el otro en los cuerpos, en hacernos Uno como hombres y mujeres, en hacernos Uno con el otro, hacernos Uno como la sociedad que construimos para vivir y alcanzar la plenitud de la vida.

Este perverso sistema capitalista, en cambio, nos conduce por el camino inverso, nos amontona y nos iguala por la fuerza en ideas y pensamiento, condenando al diferente a la marginalidad, nos somete a la aceptación de absolutos cuasi divinos en la observación e interpretación del universo, y así, casi sin que seamos capaces de percibirlo, mientras al mismo tiempo nos llena la cabeza de temor por el otro, nos encierra en prisiones por cuyas paredes cada vez más altas pagamos nosotros mismos, con nuestro tiempo, con nuestra juventud, con nuestra salud, nos convierte en mujeres y hombres-isla — pedazos de roca flotantes en el espacio, solitarios, fríos, dejados completamente de toda emoción profunda y verdadera —, y lo consigue, con creces, mediante su incansable oferta de comodidad, de placer inmediato y exclusividad, lo consigue con creces mediante su inigualable oferta de miedo y la constante distracción.

La idea de «Bien», metaforizada por Platón con el sol, fuente inagotable de luz, luz que da sentido a todo lo que nos rodea —iluminándolo todo, permitiéndonos conocer ese todo—, ese preciado Bien ideal carga evidentemente con la enorme responsabilidad de orientar el rumbo de nuestras vidas en la eterna búsqueda de la felicidad.

Alejandro M. (αλιενάδος άνθρωπος)

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Filosofía, ¿para qué?

Observaciones personales en el día Mundial de la Filosofía.

Aventura de la Conciencia

Ilustración de William Blake, “Jerusalem”

¿Por qué? y ¿Para qué?

Elijo la filosofía porque la considero absolutamente necesaria en esta vida moderna, oscurecida por la sombra de la eficiencia y el progreso tecnológico irresponsable, porque la considero absolutamente necesaria para replantear las preguntas fundamentales de la vida en sociedad, comenzando por la pregunta del ¿por qué?

¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué el mundo es como es?
Lo que, proyectado a la perspectiva del individuo se traduce a:
¿Por qué soy como soy?
¿Por qué somos como somos?
y, dado que el individuo «es» en tanto «hace»:
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
A cada día, a cada instante, en cada decisión,

¿por qué hacemos cada cosa que hacemos?

Aquí es donde llegamos a la segunda pregunta en gran manera significativa que viene a plantear la filosofía en su camino reivindicador de la humanidad, de la naturaleza, de…

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Sociedad Aparente

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Tanya Miller, “Tiempo”, 2006

 

¿Acaso la verdad puede menos que causar decepción?

Me refiero a nuestra verdad, esa verdad que pone al desnudo el hecho de que nos esforzamos toda la vida en construirnos una apariencia que resulte agradable a los ojos del otro, ciego afán por hacernos de una cáscara que nos muestre de alguna manera respetables, envidiables, para los demás.

¿Estamos realmente a la altura de las apariencias que nos hemos inventado?
¿o, no somos más que, ante aquellos que han llegado a conocernos bajo la luz inquisidora de la verdad, causa de profunda decepción?

Al tratar de conciliar la propia imagen con la propia realidad, considerada de manera orgánica —es decir, tanto interior y exterior al ser—, surge inevitablemente una rajadura en el tejido social, una grieta a veces insalvable cuya existencia es posible tan solo porque tal tejido social funda sus mismas bases en la materia de lo aparente, porque la construcción toda de lo social , tal como lo conocemos hoy, no es más que mera apariencia. La sociedad, como la concebimos actualmente, para mantenerse en pie, no puede ser más que cáscara vacía.

Una vez más se hace claro y evidente el hecho de que es la hipocresía la base en que descansa todo aquello que consideramos como socialmente aceptable, como políticamente correcto, y es el hilo con el que se construye y mantiene el tejido social completo.

Alejandro M.

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Construyendo la Utopía

William Blake, “La misión de Virgilio”, ilustración de la Divina Comedia de Dante Alighieri

Cuando la verdad se construye desde el discurso, cuando las personas han dejado de lado su interés por conocer esa verdad por sí mismas, cuando han comenzado a alimentarse de palabras, sin que les importe cuán vacías éstas puedan ser —siempre que les resulten, en cierta medida, confortables—, alcanza, para la voluntad de quien ocupa un puesto de poder, tan solo con manipular el lenguaje común, para manipular lo que la sociedad considera como realidad, y transformarla de manera tal que resulte conveniente a sus propios intereses.

La «incoherencia», presente en esos aspectos que resultan de alguna manera contradictorios, que pueden llegar a generar sospechas sobre el «grado de veracidad» de esa «verdad» establecida, es, por lo general, el síntoma más evidente de una realidad que ha sido construida ‘a la medida’ de ciertas voluntades particulares.

Incoherencia que puede presentarse en distintos grados de notoriedad, en algunas ocasiones enormemente expuesta ante los ojos del hombre común, pero de un hombre común que no es capaz de identificarla, un hombre ante cuyos sentidos pocas cosas resultan claras y evidentes, hombre que cuando no está trabajando, se encuentra atascado en el tráfico, o cumpliendo los rituales de una u otra tradición, exhausto, distraído por la televisión, preocupado por las deudas, temeroso de todo aquello que pudiera suceder tan solo porque es posible que suceda —y porque esa misma posibilidad resulta ser noticia vendedora.

Incoherencia que resulta más o menos evidente, según sea el grado de aptitud y el atrevimiento hacia el pensamiento crítico dentro de la población, el grado de voluntad y necesidad de una visión e interpretación auténtica, original y fundamentalmente orgánica, de todo lo que nos rodea —esto, a nivel de individuo, pero de un individuo que construye a la sociedad que le permitirá sobrevivir y desarrollarse en plenitud—; incoherencia que, por el otro lado, resulta fácilmente «instalable» en la manera individual —e individualista, pero de un individualismo absurdamente anti-social, en este caso— de concebir la realidad del hombre temeroso, exhausto y distraído.

El concepto de «utopía», por ejemplo, es una construcción social, moldeada por la voluntad del sistema —o al menos lo es en su acepción moderna, alejada ya de su etimología del ‘no-lugar’—, y como todo producto de la voluntad, responde a un cierto interés.

Hasta podemos llegar a pensar en que una verdadera democracia es absolutamente «utópica» dentro de los parámetros del sistema capitalista, y ¿a cuántos demócratas vemos por ahí abogando por una verdadera democracia?
La respuesta, ninguno. Basta con que se nos diga que esto que hay es Democracia, y que, tal como es, es lo mejor que puede ser.

Un sistema capitalista «inclusivo y socialmente responsable» ya es en sí una utopía, y ni siquiera es difícil notarlo, así como la idea del desarrollo capitalista indefinido como medida unívoca de progreso, ¿no es acaso una utopía la idea de una sociedad que habita un mundo finito al que puede explotar indefinidamente hasta saciar un hambre infinito de consumo y satisfacción material?
Sin embargo, para quienes dominan el discurso del poder, éstas acepciones no se encuentran dentro de lo que se debe considerar como utopía.

Slavoj Zizek dijo alguna vez:

“Nos sentimos libres porque carecemos del lenguaje para expresar nuestra falta de libertad.”

Entonces ¿no perfilan acaso, claramente, el miedo y la ignorancia como dos de los pilares más importantes sobre los que se mantiene en pie todo este sistema podrido?

Alejandro M.

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La Virtud y el Movimiento

Grabado del poeta inglés William Blake, “El Anciano de los Días”, 1794

Por el miedo a despertar lo que tememos pueda ser el lado más oscuro de la naturaleza del hombre, nosotros, los hombres, hemos renunciado a toda posibilidad de encontrarnos con la Virtud y hacernos con ella.

Nos emparejamos en la mediocridad, y aún así nos enojamos al no poder comprender como es que con todo lo que tenemos, con todo lo que nuestro desarrollo científico y tecnológico ha conseguido, con todo nuestro dinero, aún no hemos alcanzado la felicidad, y todavía nos atrevemos a llamarnos «hombres y mujeres libres». Nos mantenemos atados de pies y manos a la ignorancia, a la comodidad y el desinterés, y así también pretendemos mantener a todo otro ser, de infinitas, únicas y auténticas capacidades, encadenado a nuestro lado, temeroso de todo aquello que podría llegar a conseguir con tan solo proponérselo, nos obligamos a ignorar hasta el olvido a la magnífica e inconmensurable belleza que podemos alcanzar con las mínimas intenciones de conseguirla, con tan solo abrir los ojos y estirar nuestros brazos.

La búsqueda permanente de «seguridad» —o de una estabilidad tan inmóvil e inmutable como la misma muerte, que sea capaz de proveérnosla—, se convierte en la excusa perfecta para revolcarnos en la mediocre comodidad, además de mantener a raya, e inmediatamente cubrir con inexpugnables vestiduras de fuerza, cualquier chispa de autenticidad que pudiera presentarse en algún otro, cualquier chispazo de luz que pudiera hacer a nuestra mediocridad aún más evidente.

No tememos a la mediocridad sino tememos mas bien al saber con certeza lo mediocre que hemos llegado a ser, y es por eso que mandamos a callar inmediatamente a todo el que muestre signos de la excelencia o virtud, por eso que nos hemos inventado tantos conceptos conformistas como el de «genio», «virtuoso», abrazamos una idea de «virtud absoluta» —que nos ha sido ciertamente negada—, como si Genialidad y Virtud fueran dones divinos, regalos de unos seres no humanos infinitamente superiores y externos a nuestra condición de «simples y limitados mortales»; nos inventamos las ideas de «Héroes» o «Elegidos por los dioses» para mantenernos conformes y contentos en nuestro charco de mezquindad, encontrándonos en ellos y su «naturaleza indudablemente superior» con la perfecta y más confortable justificación para lo inmensamente mediocres que podemos llegar ser, para quitar inmediatamente de nuestras manos toda responsabilidad de Ser mejores en nuestras vidas individuales, y así crear las condiciones que nos facilitarían el hacer de este mundo un lugar mejor en que vivir.

La única responsabilidad de que hacemos nuestra, respecto a la Virtud, es la de levantar figuras de Héroes e Ídolos, con la fuerza infinita de la hipocresía, la construir para ellos los los altares y adornarlos de fama, riquezas y otros excesos, para inmediatamente después poder tirarlos abajo, destruirlos completamente, arrancándoles la voz y mandándolos a callar de una vez y para siempre.

Pero la voz de la Virtud no puede ser mandada a callar.

Renunciamos a la vida,
abandonamos la plenitud,
la felicidad,
tan solo por salir corriendo,
para seguir nada más sobreviviendo
en la más gris comodidad.

¿Que vivimos?
¿De qué vida es que me hablan?

¿Que somos libres?
¿De qué clase de libertad,
nacida en la más flácida ignorancia,
es que me vienen a contar?

La Virtud y la Excelencia están ahí, al alcance de todos, y para tomarlas en nuestras manos primero debemos deshacernos del paralizante miedo al que nos tienen sometidos permanentemente, y volvernos seres sensibles, debemos transformar nuestras pálidas figuras parasitarias en seres creadores, nacidos de nuestra propia voluntad, seres capaces de mutar sus pieles, de abandonar nuestros modernos sentidos de artificio, hasta alcanzar la más pura percepción de la infinita e indefinible belleza que se oculta ahí, delante de nuestros ojos, frente a nuestros sentidos desnudos que, de sus propias cenizas, habrán vuelto a nacer; hasta hacernos uno con la magnífica belleza, oculta siempre detrás de lo seguro, de lo tranquilo y caprichosamente imperturbable, detrás de la inerte estructura de símbolos con que por siempre hemos pretendido mantener inmóvil e inmutable a una realidad cuya naturaleza es el fluir, el cambio, el constante movimiento; símbolos y vacías palabras con que pretendemos paradójicamente mantener a la vida en un estado que se muestra, ante los ojos atentos y los corazones dispuestos, más bien como la misma muerte.

Nos convencemos de que es la Vida a quien buscamos,
mientras los hechos nos abrazan a la Muerte.
Jamás será posible subestimar el enorme poder de convicción
que nace del lujo, la comodidad y el confort.

Abrazar la Virtud es abandonar la quietud en pos de volvernos constructores de una nueva realidad que responda a los valores más básicos y esenciales…

…de la Vida, Felicidad y Libertad.

Alejandro M.

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La verdad de las mayorías

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Pintura de William Blake, “The Four and Twenty Elders Casting their Crowns before the Divine Throne”

En una sociedad «democrática» —políticamente correcta, o lo que es lo mismo, hipócrita y mediocre—, lo que consideramos verdad responde a una actitud democrática, entonces la verdad no es más que la verdad de la mayoría, una verdad social convenida, consensuada, y por ninguna motivo una verdad absoluta.

Considerando estos parámetros para definir el contexto, la realidad, nuestra realidad, es lamentable, cuando vemos que nuestra cultura es —nos guste o no— la cultura de la decadencia que se refleja en el consumismo y la televisión basura, simplemente porque es lo que la mayoría considera como cultura, nuestra cultura.

En una sociedad de verdades democráticas, convenidas o consensuadas no hay lugar para la virtud ni para la excelencia, porque el derecho a la excelencia solo puede ser ejercido como acto libre y original de un individuo auténtico, independiente de todo juicio moral, independientemente de lo que se considere, o no, como «políticamente correcto».

Alejandro M.

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Visiones del Final

Pintura de Rubens, “El Prometeo capturado”, 1611 – 1612

Nada existe por azar, ni por la pura casualidad, nada existe de manera desconectada, independientemente, de un todo orgánico.
En cuanto una parte del organismo se vuelve inútil, o potencialmente dañina para el todo, el mismo todo tenderá a su desecho o depuración.

Nos reunimos en sociedad, cooperamos, colaboramos unos con otros, para sobrevivir, creamos un lenguaje, y damos forma a toda una colección de símbolos que necesitamos para construir los modelos que representarán al mundo y que habrán de brindarnos soluciones ante cada desafío que este este mundo hostil nos plantea constantemente.

Tendemos a la autosuficiencia, de a poco comenzamos a prescindir, o a creer que podemos prescindir, unos de otros, mientras nos desconectamos de la realidad al sumergirnos en el océano simbólico de nuestra creación, nos encontramos de repente rodeados nada más que por representaciones.
Casi sin darnos cuenta nos hemos vuelto inútiles para la supervivencia del todo.
Cada peligro superado, cada la efímera victoria conseguida sobre los desafíos que la naturaleza nos ha puesto por delante, nos ha servido tan solo para multiplicarnos más allá de toda previsión.

Ahora somos demasiados y actuamos de manera egoísta, por cuanto desconocemos la necesidad real y original de mantenernos como parte del todo universal. Nos ha cegado la ambición, la falta de un aporte físico y real al mundo, sumada a la conquista del lujo y la comodidad, ha destruido irremediablemente el equilibrio vital, nos acecha la obesidad, por un lado, el hambre por el otro, el cáncer hace estragos sin distinción de raza, tamaño ni color, y ante todo esto aún pretendemos no entender, no comprender, sus porqués, nos empecinamos así en sobrevivir a cualquier precio, aunque más no sea por, y exclusivamente para, continuar sobreviviendo.

Nos hemos convertido, en algún punto del desarrollo de la humanidad, en adictos consumidores de recursos, en seres decadentes que tan solo saben del abuso, del atropello, ante todo lo que se les ha puesto ante sus ojos, nos hemos convertido en seres enfermos que hace tiempo han terminado de aportar a la vida, haciendo de nosotros mismos una enfermedad que amenaza ahora al mundo natural, arrasamos con él, nuestro andar es devastador.

He aquí mi triste visión del fin, fin de la especie o fin al menos de una gran parte de ella.

Al volvernos inútiles nos reproducimos desmedidamente.
Abusamos de la vida.
Al volvernos destructivos encontramos la extinción.

Nada existe que no sea necesario para la supervivencia del todo orgánico, al convertirnos en inútiles consumidores de recursos, no sólo no hay razón para mantenernos vivos sino que hay motivo suficiente para justificar nuestra desaparición.

Evolucionar a un nuevo Ser, o a un renovado modo de Ser,
capaz de volver a encontrar el lugar que le corresponde en este mundo natural,
o bien encaminarse al fin,
a la desaparición definitiva.
He aquí la encrucijada en la que el hombre se ha encontrado
en su camino emancipador.

Es hoy la misma Virtud, arrancada de las manos de los dioses, la facultad fundamental para sobrevivir a las hostilidades del mundo, el fuego robado de los talleres de Hefesto, la inteligencia de la misma Atenea, que Prometeo, el misericordioso, ha puesto en manos del hombre, el más desprovisto e los animales, el más frágil, la misma Virtud no solo habrá sido una vez una ventaja en la carrera por la Vida, sino que resultará ella misma en la expulsión definitiva del hombre de esta tierra.

La naturaleza no ha sido descuidada, aquel Titán que supo amar al hombre, tal vez ha sido injustamente castigado, encadenado y aplastado, la sabiduría divina no ha caído fuera de control al encontrarse en las manos del más débil de los seres.
En apariencia, esta virtud se ha convertirse en un peligro que amenaza la Vida y el balance universal, pero debajo de esa imagen humana decadente, de divinidad auto proclamada, yace, orgánicamente indivisible, la fuerza que sostiene al mundo, la energía compensadora que impedirá la destrucción total.

Los dioses no tienen qué temer ante un ser humano engreído que ha abusado de su capacidad de conocer.

La perpetuación del equilibrio universal está garantizada.

Alejandro M.

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